La conquista musulmana de la península
Cuando los musulmanes se afianzan en el norte de África tras arrebatársela a los bizantinos, el gobernador de dicha provincia, Muza, sondea en busca de nuevas conquistas. Al otro lado del estrecho, existe otro reino, del que desconoce su fuerza, así que envía a un tal Tarif, al mando de un pequeño destacamento de 1000 hombres, en busca de botín, y para conocer el nivel de resistencia de los habitantes del lugar, en el año 710. La gran cantidad de riquezas recaudadas y la facilidad de la empresa animan a Muza a mandar una expedición mucho mayor, se cree que de unos 10.000 hombres, al mando de su liberto Tarik.
Cuando el rey Rodrigo, estando en campaña contra los vascones, que se habían vuelto a rebelar, recibe la noticia de una inquietante invasión en toda regla por el sur, se dirige inmediatamente con sus tropas hacia ese lugar. No solamente su ejército se encontraba extenuado del esfuerzo, sino que también hay que recordar que, aparte de guerreros propios, estaba compuesto de mesnadas, es decir, por los contingentes de soldados que pertenecían a sus vasallos, y por tanto, no necesariamente leales al rey. De hecho, conocemos por las fuentes textuales árabes que los familiares de Witiza se retiran del combate, junto con sus tropas, en la batalla de Guadalete (711), quedando así sellada su traición. Nunca se supo qué ocurrió al rey Rodrigo.
Tarik persigue a los restos del ejército visigodo que se refugian en Écija y pasa a cuchillo a su población. Con esta acción, quiere facilitar la conquista de otros lugares, como ocurrirá con Córdoba, que se rinde.
Mientras tanto, Muza, celoso del gran éxito de Tarik, y ambicionando botín, reúne más efectivos bereberes y se dirige a la península. Serán sus tropas quienes conquisten Sevilla y sellen la capitulación de Mérida. Ambos generales se reúnen en la capital del reino, Toledo, que no lucha, pues les es abierta por el hermano de Witiza, y continúan hacia el norte, hasta el 714 en el que marchan a oriente.
Gran parte de la península se rinde o pacta con los musulmanes, no ofrece resistencia para defender la autoridad visigoda. El mejor ejemplo lo vemos cuando Abd al Aziz, el hijo de Muza, nuevo gobernador de África, sella un pacto con el conde visigodo Teodomiro, el llamado Pacto de Tudmir, en el que los musulmanes obtienen la obediencia de las 7 ciudades donde éste gobierna, a cambio de respetar su vida, propiedades, y religión “ya que se ha sometido sin lucha”.
Otro aspecto que hay que resaltar es la organización del territorio conquistado. Una razón por la que la población hispanogoda no se resiste, es porque los musulmanes son tolerantes con otras religiones monoteístas, la hebrea y la cristiana, mientras paguen un impuesto por ello. Esto provocará que la islamización de la población peninsular comience en las capas sociales más populares, pero asimismo ocurrirá con ciertos mandatarios, que se convierten a la fe de los nuevos gobernantes. Los cristianos convertidos al Islam recibirán el nombre de muladíes.
El Emirato Dependiente de Damasco o waliato (711-756)
El periodo comprendido entre la batalla de Guadalete y la entronización de Abderramán I en Córdoba se conoce en la historia de Al-Ándalus como emirato o waliato, ya que el dirigente de la España musulmana recibirá el título de emir, amir o walí, o sea, gobernador de una provincia del imperio musulmán, que tenía su capital en Damasco durante la época de los califas omeyas.
Esta fase se caracteriza por la conquista musulmana de la península, como hemos explicado. En años posteriores, se asegura la presencia islámica en lugares más remotos, siendo frenados en la cornisa cantábrica en el 722 en la batalla de Covadonga.
Los intentos de los emires cordobeses de proseguir sus conquistas por el sur de Francia tendrán éxito inicialmente, hasta que Carlos Martel (abuelo de Carlomagno) logrará derrotar de forma definitiva a los musulmanes en el corazón de su reino, en Poitiers, en el año 732. A partir de entonces, se replegarán al otro lado de los Pirineos, donde de vez en cuando practicarán expediciones de saqueo o razzias, hasta que Carlomagno decida crear una “Marca Hispánica”.
También hay que destacar la revuelta de los bereberes en el año 740, de tal importancia, que tiene que ser sofocada con un envío desde oriente de un ejército de sirios (que se quedan en Al-Ándalus). Las causas son el desigual reparto de las tierras arrebatadas a los hispanogodos derrotados por las armas, ya que los valles de los ríos, con sus fértiles vegas, son entregadas a gente de origen árabe, incluso a los que no participan en la conquista y llegan después, mientras que a los bereberes, originarios del norte de África se les entregan las tierras más pobres y agrestes, como la meseta y zonas montañosas y la peligrosa zona fronteriza con esos pequeños núcleos de resistencia cristianos que se están formando en el norte de la península. La principal consecuencia de dicha revuelta será el abandono de las tierras más allá del Duero, que denominamos “tierra de nadie”
El Emirato Independiente (756-929)
En el año 750 hay un cambio de dinastía en los califas del imperio musulmán. Los abasidas asesinan a la familia real omeya al completo reunida en un banquete en Damasco, en una conjura urdida por todos los enemigos de dicho régimen, que discriminaba a los nuevos musulmanes a favor de las familias de origen árabe, que ocupaban los altos cargos y recibían las mejores tierras.
El joven príncipe Abd-al-Rahman o Abderramán consigue escapar de la masacre y huye, temiendo su captura, hasta el otro extremo del Mediterráneo, a Al-Ándalus. Allí ha conseguido, a través de un liberto suyo, el apoyo de poderosas familias pro-omeyas, que, esperando ser recompensados, le ayudan a derrotar al emir impuesto por los abasidas.
Tomará el nombre de Abderramán I, y se declara política y militarmente independiente de los califas abasidas, pasando, por tanto, de ser electo el cargo de emir a ser hereditario en la familia omeya. Sin embargo, el liderazgo religioso se sigue manteniendo en los califas que ahora residen en Bagdad. A esta independencia de la península ayuda que haya otros levantamientos en el imperio musulmán que impidan que los abasidas recuperen el control de Al-Ándalus.
La constitución de un estado independiente concede a los emires todos los poderes excepto el religioso, y la transmisión por herencia concede cierta estabilidad en el trono, pero a pesar de ello, el emirato independiente es un periodo con muchos problemas.
Quizá el principal sean las luchas de las diferentes tribus instaladas en Al-Ándalus, que se toman la justicia por su mano y combaten entre ellas, por encima de la autoridad cordobesa. Sobre todo destacan las revueltas de los bereberes, que son el único asunto que genera unión entre las tribus de origen árabe, frente al desigual reparto de las tierras peninsulares.
También hay un creciente descontento por la discriminación que se plantea entre los musulmanes llegados de fuera y los andalusíes, que a pesar de convertirse al Islam, deben seguir pagando el impuesto que sólo tenían que pagar los judíos y cristianos por mantener su religión. Esto sucede porque los emires ven decrecer enormemente sus ingresos por la paulatina conversión de la población conquistada a la religión de los vencedores, sin embargo, estos muladíes (cristianos convertidos al Islam) llegarán a recurrir incluso al alzamiento armado contra las autoridades emirales. El más sonado será el acaudillado por Omar ibn Hafsún, que gobernará sobre amplias zonas de la serranía de Ronda, y continuarán sus hijos.
También son importantes la rebelión de la gente humilde en la llamada jornada del foso de Toledo, que se saldará con miles de víctimas, o el llamado motín del arrabal (o barrio externo donde vive la gente más pobre) en la capital, en Córdoba.
Un fenómeno curioso será en el s. IX la oleada de martirios voluntarios a los que se entregarán los miembros de algunas importantes familias mozárabes (cristianos que viven en territorio musulmán) incitados por los obispos cristianos para denunciar la cada vez menor tolerancia hacia las manifestaciones de su fe.
Desligados de esta iniciativa, hay algunas revueltas contra los impuestos por parte de los mozárabes, que llegan incluso a aliarse con ibn Hafsún.
La falta de una autoridad efectiva de los emires cordobeses será aún mayor en las regiones más alejadas de la capital, las provincias fronterizas o marcas, las de Badajoz, Toledo y Zaragoza, donde las principales familias son las que realmente gobiernan en una práctica independencia.
Por su parte, el reino de Asturias está repoblando tierras al otro lado de la cordillera cantábrica, llegando a consolidar su presencia en el Duero, como se puede deducir de que situaran su nueva capital en León (910).
Los sucesivos emires omeyas no podrán solucionar estos enormes problemas hasta que llegue en el 912 al trono Abderramán III. Consciente de que el mayor problema son las continuas rebeliones de los bereberes, decide emplearlos masivamente en el ejército, ya que todos esta inestabilidad se va a solucionar no con concesiones, sino por la fuerza. Pero para mantener un gran ejército hace falta tener abundantes ingresos, los cuales se podían obtener de devolver bajo control cordobés a todas las regiones rebeldes. Así conseguirá mediante el envío de tropas, la obediencia de las marcas fronterizas, haciendo cumplir su ley. También obtendrá grandes beneficios de lanzar contra los cristianos del norte campañas victoriosas que no buscan la conquista de esos territorios, son razzias en busca de botín, que llenan las arcas cordobesas y mantienen a los bereberes bajo el mando del emir. Asimismo, acaba con las demás rebeliones internas y llega a intervenir en el norte de África tomando Melilla, Tánger y Ceuta para frenar la influencia de los fatimíes en el Magreb.
Tras unificar y potenciar el poder musulmán de la península, Abderramán III decidirá erigirse en el año 929 también él como califa, ostentando así también la autoridad religiosa en Al-Ándalus. Nada podrán hacer los califas de Bagdad ni los del recién creado califato fatimí.
Cuando los musulmanes se afianzan en el norte de África tras arrebatársela a los bizantinos, el gobernador de dicha provincia, Muza, sondea en busca de nuevas conquistas. Al otro lado del estrecho, existe otro reino, del que desconoce su fuerza, así que envía a un tal Tarif, al mando de un pequeño destacamento de 1000 hombres, en busca de botín, y para conocer el nivel de resistencia de los habitantes del lugar, en el año 710. La gran cantidad de riquezas recaudadas y la facilidad de la empresa animan a Muza a mandar una expedición mucho mayor, se cree que de unos 10.000 hombres, al mando de su liberto Tarik.
Cuando el rey Rodrigo, estando en campaña contra los vascones, que se habían vuelto a rebelar, recibe la noticia de una inquietante invasión en toda regla por el sur, se dirige inmediatamente con sus tropas hacia ese lugar. No solamente su ejército se encontraba extenuado del esfuerzo, sino que también hay que recordar que, aparte de guerreros propios, estaba compuesto de mesnadas, es decir, por los contingentes de soldados que pertenecían a sus vasallos, y por tanto, no necesariamente leales al rey. De hecho, conocemos por las fuentes textuales árabes que los familiares de Witiza se retiran del combate, junto con sus tropas, en la batalla de Guadalete (711), quedando así sellada su traición. Nunca se supo qué ocurrió al rey Rodrigo.
Tarik persigue a los restos del ejército visigodo que se refugian en Écija y pasa a cuchillo a su población. Con esta acción, quiere facilitar la conquista de otros lugares, como ocurrirá con Córdoba, que se rinde.
Mientras tanto, Muza, celoso del gran éxito de Tarik, y ambicionando botín, reúne más efectivos bereberes y se dirige a la península. Serán sus tropas quienes conquisten Sevilla y sellen la capitulación de Mérida. Ambos generales se reúnen en la capital del reino, Toledo, que no lucha, pues les es abierta por el hermano de Witiza, y continúan hacia el norte, hasta el 714 en el que marchan a oriente.
Gran parte de la península se rinde o pacta con los musulmanes, no ofrece resistencia para defender la autoridad visigoda. El mejor ejemplo lo vemos cuando Abd al Aziz, el hijo de Muza, nuevo gobernador de África, sella un pacto con el conde visigodo Teodomiro, el llamado Pacto de Tudmir, en el que los musulmanes obtienen la obediencia de las 7 ciudades donde éste gobierna, a cambio de respetar su vida, propiedades, y religión “ya que se ha sometido sin lucha”.
Otro aspecto que hay que resaltar es la organización del territorio conquistado. Una razón por la que la población hispanogoda no se resiste, es porque los musulmanes son tolerantes con otras religiones monoteístas, la hebrea y la cristiana, mientras paguen un impuesto por ello. Esto provocará que la islamización de la población peninsular comience en las capas sociales más populares, pero asimismo ocurrirá con ciertos mandatarios, que se convierten a la fe de los nuevos gobernantes. Los cristianos convertidos al Islam recibirán el nombre de muladíes.
El Emirato Dependiente de Damasco o waliato (711-756)
El periodo comprendido entre la batalla de Guadalete y la entronización de Abderramán I en Córdoba se conoce en la historia de Al-Ándalus como emirato o waliato, ya que el dirigente de la España musulmana recibirá el título de emir, amir o walí, o sea, gobernador de una provincia del imperio musulmán, que tenía su capital en Damasco durante la época de los califas omeyas.
Esta fase se caracteriza por la conquista musulmana de la península, como hemos explicado. En años posteriores, se asegura la presencia islámica en lugares más remotos, siendo frenados en la cornisa cantábrica en el 722 en la batalla de Covadonga.
Los intentos de los emires cordobeses de proseguir sus conquistas por el sur de Francia tendrán éxito inicialmente, hasta que Carlos Martel (abuelo de Carlomagno) logrará derrotar de forma definitiva a los musulmanes en el corazón de su reino, en Poitiers, en el año 732. A partir de entonces, se replegarán al otro lado de los Pirineos, donde de vez en cuando practicarán expediciones de saqueo o razzias, hasta que Carlomagno decida crear una “Marca Hispánica”.
También hay que destacar la revuelta de los bereberes en el año 740, de tal importancia, que tiene que ser sofocada con un envío desde oriente de un ejército de sirios (que se quedan en Al-Ándalus). Las causas son el desigual reparto de las tierras arrebatadas a los hispanogodos derrotados por las armas, ya que los valles de los ríos, con sus fértiles vegas, son entregadas a gente de origen árabe, incluso a los que no participan en la conquista y llegan después, mientras que a los bereberes, originarios del norte de África se les entregan las tierras más pobres y agrestes, como la meseta y zonas montañosas y la peligrosa zona fronteriza con esos pequeños núcleos de resistencia cristianos que se están formando en el norte de la península. La principal consecuencia de dicha revuelta será el abandono de las tierras más allá del Duero, que denominamos “tierra de nadie”
El Emirato Independiente (756-929)
En el año 750 hay un cambio de dinastía en los califas del imperio musulmán. Los abasidas asesinan a la familia real omeya al completo reunida en un banquete en Damasco, en una conjura urdida por todos los enemigos de dicho régimen, que discriminaba a los nuevos musulmanes a favor de las familias de origen árabe, que ocupaban los altos cargos y recibían las mejores tierras.
El joven príncipe Abd-al-Rahman o Abderramán consigue escapar de la masacre y huye, temiendo su captura, hasta el otro extremo del Mediterráneo, a Al-Ándalus. Allí ha conseguido, a través de un liberto suyo, el apoyo de poderosas familias pro-omeyas, que, esperando ser recompensados, le ayudan a derrotar al emir impuesto por los abasidas.
Tomará el nombre de Abderramán I, y se declara política y militarmente independiente de los califas abasidas, pasando, por tanto, de ser electo el cargo de emir a ser hereditario en la familia omeya. Sin embargo, el liderazgo religioso se sigue manteniendo en los califas que ahora residen en Bagdad. A esta independencia de la península ayuda que haya otros levantamientos en el imperio musulmán que impidan que los abasidas recuperen el control de Al-Ándalus.
La constitución de un estado independiente concede a los emires todos los poderes excepto el religioso, y la transmisión por herencia concede cierta estabilidad en el trono, pero a pesar de ello, el emirato independiente es un periodo con muchos problemas.
Quizá el principal sean las luchas de las diferentes tribus instaladas en Al-Ándalus, que se toman la justicia por su mano y combaten entre ellas, por encima de la autoridad cordobesa. Sobre todo destacan las revueltas de los bereberes, que son el único asunto que genera unión entre las tribus de origen árabe, frente al desigual reparto de las tierras peninsulares.
También hay un creciente descontento por la discriminación que se plantea entre los musulmanes llegados de fuera y los andalusíes, que a pesar de convertirse al Islam, deben seguir pagando el impuesto que sólo tenían que pagar los judíos y cristianos por mantener su religión. Esto sucede porque los emires ven decrecer enormemente sus ingresos por la paulatina conversión de la población conquistada a la religión de los vencedores, sin embargo, estos muladíes (cristianos convertidos al Islam) llegarán a recurrir incluso al alzamiento armado contra las autoridades emirales. El más sonado será el acaudillado por Omar ibn Hafsún, que gobernará sobre amplias zonas de la serranía de Ronda, y continuarán sus hijos.
También son importantes la rebelión de la gente humilde en la llamada jornada del foso de Toledo, que se saldará con miles de víctimas, o el llamado motín del arrabal (o barrio externo donde vive la gente más pobre) en la capital, en Córdoba.
Un fenómeno curioso será en el s. IX la oleada de martirios voluntarios a los que se entregarán los miembros de algunas importantes familias mozárabes (cristianos que viven en territorio musulmán) incitados por los obispos cristianos para denunciar la cada vez menor tolerancia hacia las manifestaciones de su fe.
Desligados de esta iniciativa, hay algunas revueltas contra los impuestos por parte de los mozárabes, que llegan incluso a aliarse con ibn Hafsún.
La falta de una autoridad efectiva de los emires cordobeses será aún mayor en las regiones más alejadas de la capital, las provincias fronterizas o marcas, las de Badajoz, Toledo y Zaragoza, donde las principales familias son las que realmente gobiernan en una práctica independencia.
Por su parte, el reino de Asturias está repoblando tierras al otro lado de la cordillera cantábrica, llegando a consolidar su presencia en el Duero, como se puede deducir de que situaran su nueva capital en León (910).
Los sucesivos emires omeyas no podrán solucionar estos enormes problemas hasta que llegue en el 912 al trono Abderramán III. Consciente de que el mayor problema son las continuas rebeliones de los bereberes, decide emplearlos masivamente en el ejército, ya que todos esta inestabilidad se va a solucionar no con concesiones, sino por la fuerza. Pero para mantener un gran ejército hace falta tener abundantes ingresos, los cuales se podían obtener de devolver bajo control cordobés a todas las regiones rebeldes. Así conseguirá mediante el envío de tropas, la obediencia de las marcas fronterizas, haciendo cumplir su ley. También obtendrá grandes beneficios de lanzar contra los cristianos del norte campañas victoriosas que no buscan la conquista de esos territorios, son razzias en busca de botín, que llenan las arcas cordobesas y mantienen a los bereberes bajo el mando del emir. Asimismo, acaba con las demás rebeliones internas y llega a intervenir en el norte de África tomando Melilla, Tánger y Ceuta para frenar la influencia de los fatimíes en el Magreb.
Tras unificar y potenciar el poder musulmán de la península, Abderramán III decidirá erigirse en el año 929 también él como califa, ostentando así también la autoridad religiosa en Al-Ándalus. Nada podrán hacer los califas de Bagdad ni los del recién creado califato fatimí.
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